Góngora apura el espacio para enterrar los residuos

ALREDEDOR DE 80 PERSONAS RECORRIERON AYER LAS INSTALACIONES DE LA PLANTA DE TRATAMIENTO DE RESIDUOS DE GÓNGORA, CENTRO QUE ALERTA SOBRE LA ESCASEZ DE TERRENO PARA SEGUIR SEPULTANDO LOS RESTOS ORGÁNICOS.

NOS estamos quedando sin espacio para enterrar mucho más rápido de lo que pensamos», reconoció Inmaculada Gurbindo, guía de la visita a la Planta de Separación de Residuos de Góngora cuya clausura está prevista para 2022.

Alrededor de 50 niños de entre tres y diez años del colegio público de Tafalla, Marqués de la Real Defensa, más sus padres, así como seis interesados en la jornada de puertas abiertas, recorrieron las plantas del centro de tratamiento de residuos que recibe la basura de los 325.000 habitantes de la Comarca de Pamplona, espacio en el que se generaron 150.614 toneladas de residuos en 2009. A Góngora únicamente llega la basura de los contenedores de restos orgánicos y todo tipo de envases que separan y empaquetan los envases del contenedor amarillo para trasladarlos a las empresas de reciclaje, además de enterrar la materia orgánica en un vertedero, sucesor desde 1992 de Arguiñáriz, localidad que a partir de 1977 hasta hace 18 años, hizo las veces de vertedero de la comarca, «sin cuidado ambiental».

En la primera fase, «los camiones depositan los restos en la planta de recepción y una pala los vierte a un agujero en el que una cinta transportadora los traslada hasta la planta de selección», describió Gurbindo. Una vez que llegan a la primera cabina, los trabajadores, de forma manual, quitan, en primer lugar, los denominados «inadecuados», es decir, todos aquellos residuos que no deberían haberse tirado al contenedor amarillo. A continuación, las dos cribas del trómel, «un cilindro agujereado que da vueltas como el tambor de una lavadora», separa la materia orgánica y saca envases «del tamaño de una botella de dos litros». Unos imanes atraen los elementos férricos y unos lectores ópticos detectan el plástico por clases.

Tanto «el rechazo», que no debería haber llegado a esas plantas como la materia orgánica se vierten en las celdas (espacios de una hectárea de extensión y siete metros de profundidad) y se van cubriendo, cada dos capas, por tierra. «Así evitamos que los restos vuelen o que algunos animales (buitres, gaviotas, etc.), los levanten». Además, para mantener a raya a las aves, varios halcones amaestrados sobrevuelan la zona diariamente. «Echamos gravilla para los canales por los que circulan los líquidos contaminados (lixiviados)», comentó Gurbindo. En las celdas ya cubiertas se podían divisar varios tubos negros que sirven para «extraer los gases, ver si son aprovechables y transformarlos en electricidad», explicó la guía.

Ante el previsible final de la planta, Gurbindo reconoció que «se barajan muchas opciones, pero aún no sabemos nada». Una llamada a la responsabilidad a la hora de producir y separar los residuos urbanos constituyó el cierre de la visita.

Noticia de www.noticiasdenavarra.com

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